Lo bello me desembaraza de mí mismo. El yo se sume en lo bello. En presencia de lo bello, se desprende de sí mismo.
Lo que hace que transcurra el tiempo es la voluntad, el interés; es más, el conato (el impulso). Sumirse contemplativamente en lo bello, cuando el querer se retira y el sí mismo se retrae, engendra un estado en el que, por así decirlo, el tiempo se queda quieto. La ausencia de querer y de interés detiene el tiempo, incluso lo aplaca. Esta quietud es lo que distingue a la visión estética de la percepción meramente sensible. En presencia de lo bello, el ver ha llegado a su destino. Ya no es empujado ni arrastrado hacia delante. Esta llegada es esencial para lo bello.
La «eternidad del presente», que se alcanza en un demorarse en el que el transcurso temporal queda superado, se refiere a lo distinto: la «eternidad del presente» es la presencia de lo otro. Así es como, demorándose en lo mismo, la eternidad resplandece como una luz que se difunde por lo distinto. Si alguna vez se reflexionó sobre tal eternidad en la tradición filosófica, fue en la frase de Spinoza: «El espíritu es eterno en la medida en que concibe las cosas bajo el aspecto de la eternidad»
De acuerdo con esto, la tarea del arte consiste en la salvación de lo otro. La salvación de lo bello es la salvación de lo distinto. El arte salva lo distinto «resistiéndose a fijarlo a su estar presente». Siendo lo enteramente distinto, lo bello cancela el poder del tiempo. Precisamente hoy, la crisis de la belleza consiste en que lo bello se reduce a su estar presente, a su valor de uso o de consumo. El consumo destruye lo otro. Lo bello artístico es una resistencia contra el consumo.
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