
En mi formación, me enseñaron a dibujar edificios, pero también a acompañarlos con personas estilizadas que dieran una idea de su escala. Nunca fui suficientemente bueno a dibujar humanos, lo mío era más de elementos del paisaje. Empero, uno no pierde costumbre de hacer relaciones dimensionales en su entorno inmediato. En un panorama actual, los grandes hitos de la arquitectura mundial están en franco abandono, hay un video de dron que recorre impunemente la Fontana de Trevi en Roma, no hay gentes. Lo cual me ha causado un placer mordaz de imaginar estar ahí, de dibujarlo sin relacionarlo con los humanos, un placer vacuo. Las gentes, me recuerda esto al 11S, los aviones aún empotrados en las torres y un deseo colectivo de que la gravedad hiciera su trabajo , no pasó mucho para que el tejido estructural colapsara, cual ficha de dominó a la velocidad de la catástrofe. Ya luego entendés la estadística, la dimensión del sufrimiento humano, la identidad del paisaje urbano de Nueva York y así hoy.
Por su belleza, no es casualidad que el guardabarranco lidere las fichas ornitológicas en estos cielos. He tenido oportunidad de espiarlos, los he visto cagar, para lo cual oficiosamente levantan un poco su cola. También he visto un ritual singular, uno de ellos posado en una rama otro girando en circulos en torno a este. Se le aproxima, le aprisiona el cuello con el pico y garras en cuerpo para realizar un tambaleo rítmico tan repetitivo como intenso. Sus colas se entrecruzan con tal fruición que es imposible desasociar este acto con el apareamiento. Descubro que ciertos ritos en otras especies también involucran ciertas violencias.
Imagino que los guardabarrancos mueren. He tenido curiosidad por la deconstrucción de la belleza de los pájaros antes, pero no recuerdo haber visto a un guardabarranco muerto o al menos con alguna de las plumas de su cola amputadas. Lo que si es cierto es que no se habla mucho de las abyecciones del pájaro al comer. Lo hemos visto posando sobre una rama, buscando posibles presas mientras agita pendularmente su cola, llegado el momento atrapan algúna lombriz con intempestividad, regresan a la rama. Acto seguido empiezan a estrellar el cuerpo de su víctima contra las ramas hasta destriparla y hacerla digerible.
De los pájaros me interesan más la evocación de sensaciones que sus clasificaciones taxonómicas. Tienen la singular gracia del amor platónico o del paisaje en el sentido que podés admirarlo pero no es posible tener un acercamiento íntimo a un cuerpo per se. Porque su inalcanzabilidad es su gracia, un pájaro muerto a uno enjaulado viene a ser lo mismo, creo.
Los tucanes son otra historia, tienen la inocencia de un chavalo, me he encontrado esta pareja que gusta de venir a media tarde. Buscan una ventana en lo alto y coquetean con su reflejo, su falta de gracia es su gracia, su pico a desproporción y su caminar bobo son la alegría en movimiento. La otra tarde los vi abrazarse por varios minutos, su cuerpos lucían un típico plumaje negro con destellos multicolores entre pecho y cola. Te diré, son muy privados, deploran testigos. Así que es de pocos tal espectáculo.
El ocaso de ayer fue degradación de naranja al celeste, el calor residual de 42 grados fue endulzado con el canto unísono de varias cigarras. Esto lo hacen usualmente entre alrededor de las 5:58 y las 6:08. He mencionado antes que este sonido me provoca regresiones a un momento de Paz en medio de la guerra en esa Semana Santa en Estelí. Pero hoy llovió y se silenciaron las cigarras, me compensan los olores a tierra húmeda.
Mi hija mayor me trajo un café con galleta me dijo que quisiera que lloviera a diario, noto un germen en esta afirmación. Mientras el noticiero especula inminencias de epidemia, yo quisiera aferrarme a recientes idearios de reconstrucción: Que en un futuro pueda decirle a mi cirujano que triunfamos, que pude caminar, que no paré de hacerlo, que de hecho pude ir tan lejos que pude fundirme con el paisaje.