Bipolaridad


Asfixiarse con la propia saliva, contraer pupilas, girar la vista como buscando pistas en el ambiente, rascar una nueva comisura en la sien, un suspiro y mil remilgos acompañarían una expedición al rescoldo, por sus precedentes, ya rutinario.





28/7/20

Papá, cumplís veinte, y cien también.

Salir por el portón situado al este de la casa para recibir el certero impacto de los primeros rayos del sol, observar al cielo que se dibuja únicamente por un par de pájaros en la lejanía y los aromas de esta cada vez menos pequeña ciudad. No requiere complejidad flirtear con ciertas nociones del infinito si es posible abrir los ojos a través de la piel de los párpados en relajamiento. La vida es un milagro que nos pasa desapercibido, también lo es la muerte, y de esta sólo se aprende por experiencia ajena.
Hoy conmemoramos los veinte años de la muerte de mi padre, Don Ticho o como cita el registro público, Don Patricio Ruperto Moreno Gadea y a diferencia de los años anteriores, donde hemos infructuosamente invertido en ciertas dosis de lobreguez y angustia, hoy celebramos por adelantado su cumpleaños número cien. La amalgama de la pérdida y las vivencias personales han mutado gradualmente a un estado mental que te devuelve a abrazar el milagro de estar presente.
Entiendo a fuerza de golpe que optimismo no es un valor de los ingenuos, la alegría es un reto cotidiano ante la abyección que intenta arrebatarnos la existencia. Por eso, no quiero malgastar un sólo minuto. Intento, con no poca intensidad, hacer lo que quiero hacer: respiro, medito, leo, escribo, afilo mis herramientas, abrazo a mi mujer e hijas como si fuera nuestro último minuto, con aplicaciones de inteligencia artificial he restaurado esta foto de mi papá que hasta hoy sólo yo tenía. También aprendo nuevamente a caminar a raíz de un accidente, todo visto bajo un tamiz de plenitud, una nueva aventura.
No puedo culpar a mi padre por convertirme en la concreción del deseo de vivir de un hombre mayor, al contrario, decir gracias queda infinitamente corto, anhelaba un mejor porvenir para mí. Incluso después de fallecer nadie me ha insuflado vida tantas veces como él y mi madre. No podré estar presente para escuchar su nombre en la misa de esta tarde, pero estoy en paz conmigo mismo, que no es poco, que toma media vida.
Sospecho firmemente que esa debe ser la paz de nuestros deudos.


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