Grité su nombre hasta secar mis cuerdas vocales. Le apedreé hasta doler mis costillas, hasta caer la última hoja. No pude despertarlo. Caí exhausto, pero un terror básico me hizo volver en mí… Si caía dormido, crearía una nueva capa de sueño, deduje que de ahí ya no podría jamás escapar.
A lo lejos, escucho una inaudible trapatiesta de médicos preocupados por la baja intempestiva de mi ritmo cardíaco en medio de la cirugía.

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