Volteando los ojos, oraba arrodillado y pegando su oído al muro, repetidamente él pedía ser ftiráptero.
Se desvanecen los ecos del agua cayendo de la pileta. Delores, en su voluptuosa toalla estampada, ignora que su primohermano quiere morirse oliendo el shampoo de miel impregnado en su aún húmeda cabellera castañirubia.
Lunas, cripta, un punto casi inmóvil sobre la madeja craneal que aún crece, adherida a la otrora gloriosa osamenta.

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